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Ilustración infantil. Jugando en la playa.

Estoy rescatando algunos trabajos antiguos en todo el maremagnum que tenía de imágenes desordenadas y esta es una de las que más satisfecho estoy.

Se me ocurrió en la sala de espera del aeropuerto de Barajas. Para matar el tiempo siempre llevo un bloc para garabatear y este dibujo salió casi del tirón.

Recordé mi niñez en la playa junto a mis hermanos. Nos encantaba hurgar entre las rocas y meter las manos en los agujeros que quedaban expuestos a la bajamar. Más de una vez nos gastábamos bromas con que algún monstruo podía habernos atrapado los dedos.

Por suerte no fue así, aunque nos llevamos alguna mordedura de algún cangrejo y más de una picadura de anémona. Incluso una vez un pez escorpión me dejó la mano hinchada una buena temporada.

Pero eso es otra historia que seguro que me da para otra ilustración.


Humor gráfico: Traffic Hulk.

No me atrevo a decir que todos los españoles lo seamos, pero casi todos los asturianos sí. Somos muy temperamentales. No sé si va con nuestra idiosincrasia, con nuestra historia o nuestra naturaleza, pero el caso es que ser, lo somos. Algunos, más que otros, claro está. Pero en mayor o menor medida, un asturiano suele ser una persona “con carácter”.

De las asturianas no digo nada, porque cualquiera que haya tenido relación con una ya podrá tener una referencia más que fiable. A lo mejor, es por eso que somos así “los paisanos”. Cosas del matriarcado, me imagino.

El caso es que hace unos años iba conduciendo mi coche en un día lluvioso. Estaba buscando un comercio de juguetes donde había reservado uno para mi “peque”. Y no lo encontraba. Y así iba yo, mirando más hacia los márgenes de las aceras que hacia delante (mal hecho!!), cuando tuve que frenar bruscamente para no llevarme por delante a un anciano. El buen hombre, con razón, se puso “como una moto” y me afeó la acción con evidentes muestras de enojo y aspavientos que me invitaban a recibir “un par de hosties” si salía del coche. Y apuntaba reiteradamente al semáforo en verde que le permitía a él el paso y a mi a quedarme calladito y a la espera de que amainase el temporal.

Después de aquello, me imaginé que el venerable anciano llevaba dentro un verdadero monstruo y que por suerte no se había transformado del todo. Entre eso y que el “hombrecillo verde” del semáforo era quien marcaba la preferencia, se me ocurrió la idea que ahora comparto con vosotros.

Bien mirado, tampoco dista mucho de la realidad. Como siempre, espero que os guste.




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